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14. La estudiante de intercambio

Spooky llegó corriendo a ver a Susanski. No le dio tiempo a ver que tenía visita en casa y las caras no le eran conocidas.

—¿Qué es eso? —preguntó una niña que se acercó a Spooky mientras le señalaba con el dedo. Spooky vio como otra niña cogía de la mano a Susanski y se escondía detrás de ella.

—Chicas, este es mi amigo Spooky. Vive en otro plano y es un monstruo de armario. —Miró a Spooky y dijo—: saluda, Spooky.

—Hola… —El pobre Spooky sonó poco convincente.

—Estas son Nerea y Rocío —Susanski presentó a las dos niñas nuevas—, y a los demás ya los conoces.

—No sabía que tenías monstruos en tu armario —dijo Nerea—. Yo no, lo tengo investigado.

Rocío en cambio, le miraba de lejos sin atreverse a acercarse mucho.

—¿Se puede saber por qué has venido corriendo? —preguntó Coqui.

—Se ha perdido Emma —dijo Spooky muy triste.

—¿Quién es Emma? —preguntó Peri.

—Es una chica nueva que viene de otro colegio. Viene del Instituto Oceánico de las Antípodas y es una sirena.

—¡Una sirena! ¡No puede ser! ¡No existen! —exclamó Nerea.

—En el plano de Spooky, sí —dijo Susanski—. ¿Dónde fue la última vez que la viste?

—Fuimos a ver los dragones de papel al estanque y cuando volvimos al colegio, ella no estaba.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Coqui.

—Tenemos que ir a casa de Emma y decírselo a su madre —dijo Susanski—. Estará muy preocupada.

—Pero… ¿no se enfadará? —Spooky estaba un poco asustado.

—Seguro que no —concluyó Susanski y mirando a sus amigas, dijo—: Vamos a viajar en armario. No os preocupéis. Es muy seguro y divertido.

Rocío que no se alejaba de Susanski ni un milímetro, lo miraba todo con curiosidad. Aquella tarde iba a ser una aventura inesperada. Los niños y el monstruo fueron al armario y desde allí, Spooky los llevó a la puerta de la casa de Emma. De frente parecía una casa normal pero las sirenas vivían en el mar, aquello era un poco raro.

Susanski llamó a la puerta y tras unos segundos, una mujer abrió la puerta. Era alta y con el pelo largo. Le llegaba a la cintura. Tenía los ojos claros, una sonrisa dulce y una voz suave. Era muy guapa.

—Hola, niños, ¿qué queréis?

—Hola, somos amigos de Emma —dijo Susanski porque a Spooky no le salía la voz.

—Ahora no está en casa —dijo la madre de Emma.

Coqui y Peri no dejaban de mirarle las piernas mientras intentaban disimular, pero no lo conseguían.

—No creo que sea una sirena —susurró Coqui.

—¡No tiene cola de pez! —exclamó Peri.

—¡Claro que soy una sirena! —dijo la madre de Emma que los había oído—. Lo que pasa es que cuando salimos a la tierra, al secarse la cola, esta se transforma en dos piernas.

Entonces se acercó a los dos niños y les preguntó:

—¿Sabéis lo difícil que es andar con una cola?

—¡No! —contestaron todos los niños mientras negaban con la cabeza.

—A ver, poned las piernas muy juntas, ¡juntísimas! Ahora poned un pie mirando a cada lado. Uno a la derecha y otro a la izquierda. Intentad saltar así. ¿Veis? Es muy difícil.

—Imposible —decía Peri intentando no caerse.

—¡No puedo! —Coqui lo intentaba, pero perdía el equilibrio al segundo salto.

Las niñas también lo intentaron y llegaron a la misma conclusión. Aquello era incómodo, poco práctico y muy cansado. Era mucho mejor tener piernas para caminar.

—¿Por qué no pasáis y me contáis por qué habéis venido? —dijo la madre de Emma.

Los niños entraron en la casa y era muy bonita. Estaba pintada de azul turquesa y los muebles eran blancos. Salieron al jardín y allí tenían una piscina, pero no era una piscina normal. Esta terminaba en una catarata que llevaba a un estanque.

—Me estáis preocupando. ¿Qué es lo que pasa? —preguntó alarmada.

—Su hija Emma se ha perdido —dijo Susanski.

—¡Oh! ¿Cómo ha sido?

—La clase de Spooky fue al estanque al ver los dragones de papel y el autobús se fue sin ella.

—¡Vamos a hablar con ella!

—¿Como? —preguntó Spooky.

La madre de Emma cogió una caracola, se la puso en la oreja y dijo:

—¡Emma! ¿Dónde estás? Tus amigos están casa muy preocupados y yo, ahora, también. —Hizo una pausa como si estuviera escuchando lo que Emma le decía. Mientras, afirmaba con la cabeza. —Vale. Ahora mismo se lo digo.

La madre de Emma dejó la caracola en la mesa y les dijo:

—Está en el estanque. Me ha dicho que se quedó nadando. Me ha pedido que vayamos a buscarla. ¿Quién se apunta?

Todos levantaron la mano al grito de “yo”. Subieron al coche familiar que, por supuesto, era una caracola gigante con ruedas y un volante en forma de estrella de mar. Los niños se abrocharon el cinturón de seguridad y se pusieron un casco en forma de pulpo.

—¡Ya estamos listos! —dijo Susanski.

Spooky le indicó el camino para que no se perdiera y llegaron en un periquete. Emma estaba en bañándose en el estanque con los dragones de papel. Estos no se podían mojar, pero volaban a su alrededor.

—¡Emma! Menudo susto nos has dado —exclamó Spooky.

—Lo siento, al meterme dentro del estanque vi en el fondo una caverna secreta ¿Queréis que os la enseñe?

—No sé nadar —dijo Spooky.

—Se puede llegar por tierra también —dijo la sirena.

Al salir del agua, la cola se secó y se transformó en dos piernas. Los niños no quitaban los ojos de la cola de Emma. Sus escamas eran muy brillantes, de color cobrizo y parecían muy suaves.

—Eres la sirena más bonita que he visto nunca —dijo Rocío sin separarse de Susanski.

—Muchas gracias, ¿también estudiáis aquí? —preguntó Emma.

—¡No! Nosotros no. Sólo hemos venido a ayudar a Spooky. Estaba muy preocupado porque no te encontraba. —dijo Susanski.

—Siento haberte asustado, Spooky —dijo Emma—, venid por aquí y os enseñaré por qué no oí al profe cuando me llamó.

Los niños y el monstruo de armario siguieron a la sirena por detrás de una colina. Había un agujero como un túnel.

—Tenéis que tiraros por aquí. Es como un tobogán, pero de arena.

Por turnos se deslizaron hasta llegar a una cueva con una especie de playa pequeñita. Era como estar dentro de una montaña. Cuando se acercaron a las paredes vieron que se reflejaba el agua en ellas. Parecía purpurina.

—¡Es preciosa! —dijo Nerea.

—¿Cómo saldremos de aquí? —Rocío parecía asustada.

—Por aquí —dijo Emma mientras señalaba un agujero en la cima de la montaña.

—¿Cómo? ¡Está muy alto! —dijo Peri.

—¡Con la ayuda de los dragones! —dijo Susanski.

Los niños llamaron a los dragones y estos entraron por el agujero de la montaña, que luego descubrieron que no era tal sino un volcán apagado. Peri se montó sobre un dragón verde y salió volando. Coqui eligió uno azul. Spooky, uno negro y Susanski uno rosa pero antes de volar, ayudó a Nerea a subirse a un dragón y no estaba muy segura. Sin embargo, cogió soltura enseguida.

—No creo que pueda hacerlo —dijo Rocío muy bajito.

—¿Quieres volar con el mío? —preguntó Susanski.

Rocío asintió con la cabeza y las niñas subieron a los lomos de un dragón rosa muy bonito. Rocío se agarró a la cintura de su amiga y Susanski al cuello del dragón. El dragón voló despacio para no asustarlas. Cuando llegaron al estanque la madre de Emma les dijo que era hora de irse a casa.

Spooky los llevó a la casa de Susanski. Nerea y Rocío se lo había pasado tan bien que le pidieron a Susanski volver al plano de Spooky, pero eso ya tenía que ser otro día. Ahora tenían que cenar y preparar las cosas del cole.


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