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20. El faro y la isla Urdimbre

Aquella tarde, Coqui y Peri fueron a merendar a casa de Susanski y harían los deberes juntos. Tenían que escribir una redacción para el colegio. Era de tema libre y eso es lo que más les costaba porque había tantos temas que era muy difícil escoger sólo uno. Además, les habían dicho que elegirían la mejor de toda la clase y la publicarían en el periódico del colegio. 

—No se me ocurre nada interesante —dijo Peri.

—A mí tampoco —dijo Coqui y miró a Susanski esperando que ella dijera algo. Siempre tenía las mejores ideas, pero aquella tarde tampoco se le ocurría nada. 

Entonces oyeron un golpe en el armario de Susanski. Debía de ser Spooky y los tres niños se acercaron a mirar. 

—¿Spooky, eres tú? —preguntaron en voz baja.

—Hola —saludó con un bostezo gigante. 

—¿Qué te pasa Spooky? ¿No has dormido bien? —preguntó Susanski mientras le sujetaba la puerta para que saliera. 

—¡Qué va! Llevo días sin dormir. Tengo unos sueños muy raros. ¡Rarísimos!

—A veces yo también tengo pesadillas —admitió Coqui. 

—No son pesadillas, son sueños aburridos. 

—Eso es muy raro —dijo Susanski. —¿Has hablado con Joey? 

—No, no le he dicho nada. 

—Entonces tendremos que ir y contárselo. 

Los niños se viajaron en el armario hasta la biblioteca de los Osconanos. Allí se encontraron a Joey y a Virginia hacienda inventario musical. Todas las historias de los libros debían de estar en armonía. 

—Joey, Spooky lleva días sin dormir bien porque tiene unos sueños muy raros —dijo Susanski.

—¡Ya somos dos! Llevo días soñando con cosas super aburridas —dijo Joey mientras seguía catalogando libros.

—Entonces, niños, ¿por qué no le preguntáis a Lin Meng? —preguntó Virginia—. Es la tejedora jefa y ella os podrá contar qué está pasando. En su taller es donde se tejen todos los sueños. 

—¿Dónde podemos encontrarla? —preguntó Peri. 

—Está en una de las islas del archipiélago flotante, en la isla Urdimbre. Si le pedís al viejo Sam que os lleve, lo hará encantado. 

El Osconano los llevó a la costa norte. Allí vieron el faro, una torre altísima con una luz muy potente en lo alto. Al lado del mismo, había una casa donde el Osconano Sam vivía desde hacía mucho tiempo. La casa era de madera tallada terminada en una bóveda de cristal, aunque parecía más un árbol que una casa. Se acercaron al faro y como la puerta estaba abierta, entraron despacio. Allí se encontraron en las escaleras un gato enorme envuelto en llamas que hablaba con lo que parecía un lince negro.

—¡Te echo una carrera! Tenemos que ir hasta lo alto del faro y volver aquí —desafió en gato en llamas. 

—¿Ahora? Ya es la hora del almuerzo —dijo el lince negro.

Coqui se tropezó con el felpudo que había a la entrada los dos felinos miraron a los intrusos. El lince dijo:

—¿Mi miau?

—¡Eso no vale! —exclamó Susanski, indignada— Os hemos oído hablar. 

—Cuatro patas, os presento a mis amigos, Susanski, Coqui y Peri —presentó Joey. Spooky le dio un codazo y este corrigió— Y este es Spooky.

—Hola, soy Ash, el gato de fuego más rápido de este y probablemente de todos los faros. 

—Eso habrá que verlo, —dijo su compañero felino— soy Eclipse, un gato de sombras. 

—Pareces un león —exclamó Coqui.

—Eso es porque lleva el pelo largo —dijo Ash, se giró y le sacó la lengua a Eclipse. 

—Hemos venido a pedirle a Sam para que nos lleve a la isla Urdimbre. 

—Le diré que encienda las escaleras mecánicas —dijo Ash y subió corriendo. 

Mientras subían Joey les explicaba que Sam, el farero, era el que mantenía las mareas a raya. A veces la brujita del Frío y sus hermanas, sobre todo Tempi, la liaban un poco y se formaban verdaderas tempestades; por eso Sam se encargaba de sosegarlas tocando el piano. 

—¿Por qué vive aquí solo? —preguntó Coqui— Me aburriría mucho.

—Eso es porque no conoces a estos dos, —dijo Sam al final de la escalera mientras señalaba a los dos gatos que ponía su mejor cara de inocentes, sin conseguirlo—. Me tiene muy entretenido. Siempre está tramando alguna. 

—¡Eso no es verdad! —dijo el gato de fuego, indignado— A veces las cosas se caen. Solas. Sin ayuda.

—Además solo liamos alguna cuando tenemos hambre —dijo el gato de sombras.

—Eso no es decir mucho, Eclipse, ¡siempre tienes hambre! —dijo Ash.

—Es verdad —admitió y se lamió la pata delantera izquierda. 

Los niños se rieron. 

—Sam, necesitamos que nos lleves a la isla Urdimbre. Aquí mi amigo Spook, está teniendo sueños muy raros últimamente y queremos preguntarle a Lin Meng.

—Ahora que lo dices, yo también estoy teniendo unos sueños un poco raros. Me paso la noche separando la ropa blanca de la de color antes poner una lavadora. —Se rasó la cabeza, extrañado. 

—Eso sí que es un sueño aburrido… —admitió Coqui mientras se imaginaba montañas y montañas de calcetines.

—Os llevaré ahora mismo. —Se giró y miró a los felinos— Portaos bien. 

Se acercaron a la orilla y tenía su embarcación. Era un barco de cristal. Se podía ver la maquinaria, el fondo del mar y hasta la despensa. Todo era transparente. Susanski estaba deseando que salieran a alta mar para ver qué había en el fondo, aunque Coqui no las tenía todas consigo. 

—¿Este barco no se romperá con la primera ola?

—Es un cristal muy duro, ¡durísimo! Aguanta oleajes, tempestades y hasta algún que otro encallamiento en los acantilados verticales.

Coqui se sentó al lado de sus amigos esperando que fuera verdad. Sam izó las velas y puso las calderas en marcha. Funcionaban a base de quemar rimas asonantes y algún que otro soneto. El viaje se les pasó volando. Susanski no dejaba de asombrarse con la fauna marina. Peces de miles de formas, pulpos de colores fosforitos y hasta una estrella de mar gigante.

Sam se acercó a la isla de Urdimbre bordeando las playas de arena plateada. El sol se reflejaba en ella y parecía de cristal. 

—Atracaremos en breve. 

—¿Vamos a atracar a alguien? —preguntó Spooky, bastante confundido.

—¡No, Spook! Vamos a aparcar el barco. —Explicó Joey poniéndole la mano en el hombro. Spooky se relajó un poco. 

Sam era un marino experimentado y atracó a la primera. Los niños le ayudaron a amarrar el barco. Salieron de uno en uno. 

—Ahora tendremos que subir por los acantilados verticales para llegar a las tejedurías donde esta Lin Meng y sus telares de sueños. 

—Tardaremos mucho si tenemos que andar hasta lo alto de los acantilados. —Se quejó Spooky. 

—De eso nada, —dijo Sam señalando un sistema de cuerdas que cubría la pared de la montaña— ¿Ves eso que se sube y baja entre las cuerdas? 

Spooky asintió y Sam continuó. 

—Son las lanzaderas volantes. Subiremos en una de ella. Estaremos arriba en un periquete. 

Spooky se acercaba a la lanzadera con un poco de respeto. Subían muy deprisa y tenía miedo. Susanski que iba detrás, le dijo muy bajito.

—No tengas miedo, estaremos contigo y verás como no pasa nada. 

La lanzadera volante era una cabina de madera pintada de colores. Era bastante más grande de lo que parecía a simple a vista. Los niños no dudaron en entrar, luego Spooky que iba más despacio, Joey y por último Sam. 

—Poneos el cinturón de seguridad y agarraos al pasamanos. Podéis cerrar los ojos si queréis, aunque a veces se pueden ver los sueños volar. 

—¡No quiero perdérmelo! —dijo Coqui muy ilusionado. 

Sam cerró la puerta de la lanzadera y antes de que dijeran periquete ya estaban arriba. 

—¡No me ha dado miedo! —dijo Spooky, ilusionado.

—Eso es porque los monstruos de armario sois unos tipos duros —dijo Joey dándole una palmada en la espalda y se echaron a reír. 

—¡Rápido! Tenemos que ir a los telares —dijo Susanski.

La aldea donde se encontraban las tejedurías era muy grande. Se abrió ante ellos al dejar atrás los acantilados verticales. Las casas de Huso, como así se llamaba la aldea, eran todas diferentes. Unas eran grandes y cuadradas, otras pequeñas y picudas, otras parecían inclinadas e incluso algunas parecían casi una bola. En una de las casas más grande, donde había cinco chimeneas y una puerta pintada de rojo, vieron entrar a una mujer.

—¡Hola! —llamó Sam alzando la mano. —Hola, Lin. Hemos venido a verte. 

La mujer se giró y saludó a su vez. Era muy pequeña, delgada, y de voz suave. 

—¡Sam! ¿Qué haces tan lejos de tu faro? Pasad y os invito a una taza de té de nostalgia con galletas de recuerdos. 

—Se me hace la boca agua —contestó Sam y dejó que los niños entraran primero. 

La casa Lin era el taller principal donde se tejían los sueños de todos los que vivían en el mundo de los Osconanos. Al entrar se sentaron en unos pufs que parecían bolsas de chuches. Estaban desperdigados en el suelo y eran de colores. Todos tenían estrellas bordados y cuando te sentabas se ajustaban perfectamente a tu cuerpo. 

—¡Nunca había visto sillones así! —dijo Peri sentándose en un puf de color violeta. 

—¡Yo tampoco! —dijo Coqui dejándose caer sobre uno naranja. 

—No sé si podré levantarme después —dijo Joey lanzándose en plancha sobre uno de color negro que parecía de terciopelo.

Sam ayudó a Lin a servir el té y cuando todos estaban disfrutando de la merienda improvisada, Lin preguntó

—¿Por qué habéis venido a verme? No suelo recibir visitas.

—Nuestro amigo Spooky está teniendo sueños muy raros —dijo Susanki. 

—¿Cómo son esos sueños? —preguntó Lin, muy interesada. 

—No son malos, ni siquiera son pesadillas. Son aburridísimos.

—Le preguntaré a mi ayudante. He estado de vieje unos días en el Séptimo Congreso de artesanos oníricos y Maleka se ha quedado al cargo. 

Maleka se asomó al oír su nombre. Se acercó un poco preocupada. Solo llevaba unas semanas aprendiendo el oficio y era la primera vez que se había quedado sola tantos días. 

—Maleka, niña, ¿has tenido al problema durante mi ausencia?

—No… —empezó a decir.

—Es que estos niños me han dicho que han tenido sueños aburridos… ¿Cuantos hechos cotidianos estás añadiendo a la mezcla?

—Es que… me hice un lío y no recordaba si tenía que poner, treinta, trescientos y puse tres mil. 

—¡Tres mil! Eso es muchísimo —dijo Coqui llevándose las manos a la cabeza. 

—Ay, Maleka, Maleka, así claro que han dicho que tienen sueños aburridos. —dijo Lin con una sonrisa— pero nada que no tenga arreglo. Esta noche en lugar de tres mil pondremos solo tres o incluso dos. Verás como poco a poco, la mezcla se va equilibrando. 

Maleka sonrió aliviada y los niños empezaron a aplaudir. 

—¿Queréis quedaros y os enseño los talleres de sueños? 

—Nos encantaría, pero se nos ha hecho muy tarde. —dijo Susanski.

—Entonces tendréis que volver otro día. 

A todos les pareció muy buena idea y Susanski le pidió a Sam que los llevara de vuelta lo antes posible. Aún tenía una redacción que escribir, aunque ni Peri, ni Coqui ni Susanski tendrían ningún problema. Tenían muchísimas ideas y ninguna era aburrida. 


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