5. Los Osconanos
Susanki llegó del colegio con sus amigos Peri y Coqui. El plan de aquella tarde iba ser ver una película con palomitas. Ya lo tenían todo preparado cuando Spooky llegó corriendo:
—¡Ha pasado una desgracia! —gritó el monstruo miope.
—¿Qué ha pasado? —dijeron los niños muy alarmados. Se acercaron y Spooky les dijo:
—Los Osconanos han perdido a uno de los personajes de sus libros. ¡Tenemos que hacer algo! ¡No podemos quedarnos aquí!
—¿Quiénes son los Osconanos? —preguntó Coqui.
—Son los bibliotecarios rockeros de mi mundo.
—¿Bibliotecarios rockeros? —dijeron los niños a la vez.
—Sí, claro, las bibliotecas son lugares llenos de armonía y has de ser capaz de mantenerla, de lo contrario los personajes se manifiestan y boicotean los préstamos.
—¿Cómo pueden hacer eso? Los personajes son ficción —dijo Peri.
—¿Qué dices? En mi plano todos ellos son tan reales como tú y como yo.
—Entonces vayamos a investigar —concluyó Susanski.
Los tres niños nunca antes habían pasado al otro plano más allá de la habitación de Spooky. No sabían qué podían esperarse de un mundo donde había monstruos de armario y bibliotecarios rockeros. Viajaron, como siempre, a través del armario de Susanski y, en un momento, se encontraron en la sección de cocina de la biblioteca principal. La biblioteca de los Osconanos era enorme, tenía libros formando arcos y columnas. Los niños paseaban entre ellos y hasta por debajo de los libros. Vieron a una mujer mayor que andaba muy despacio por el pasillo que dejaban dos estanterías inclinadas. Tenía la piel rojiza, casi marrón. Lo que más les llamó la atención era que tenía dos cuernos saliendo del pelo, que llevaba recogido en un moño perfecto. La seguía una niña con un globo rojo.
—Quiero las aventuras de Arthur Gordon Pym —le pidió a la anciana.
—Atención, señor Gordon Pym, acuda al pasillo número ocho —llamó la anciana con un micrófono que tenía prendido de la camisa.
Al momento, un señor vestido de marinero se acercó con un libro al pasillo donde estaban.
—Buenas tardes —saludó con una reverencia, los tres niños no le quitaban ojo a su trabuco.
La niña del globo se fue a su casa con el marinero. La anciana miró a Spooky y le dijo.
—Spooky, ¡dichosos los ojos! —miró a los tres niños y continuó—. Ya veo que has traído ayuda.
—Son mis amigos: Susanski, Peri y Coqui.
—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó Susanski.
La anciana, que se llamaba Virginia Clemm, le explicó que todo empezó con la llegada de un nuevo becario, Joey. Aunque era un joven bastante centrado, como todo joven era impulsivo y, a veces, un poco ingenuo.
—Dejó salir al Lobo feroz y este, como es un buenazo, volvió cuando le tocaba. No pasó nada. De hecho, se ha encargado de un matón que tenía atemorizados a los tres cerditos. Les quitaba el dinero de la merienda.
—Jo, menudo elemento —dijo Peri—. Entonces, ¿qué es lo que ha pasado?
Virginia respiró hondo y dijo con mucho pesar:
—Que ahora todos los personajes le piden a Joey que les deje un rato más, que les deje salir, y claro, le convencen y, a veces, nos la lían buena. En fin. La madrastra de la Blancanieves se ha escapado. Como es una bruja, ha roto el hechizo de la biblioteca y no sabemos dónde puede haber ido.
—¡He tenido una idea! —dijo Susanski—. Nosotros conocemos a una hechicera, Margarita Castellanos. Ella nos ayudará a encontrarla.
—Eso estaría muy bien. Voy a llamar a Joey para os ayude; al fin y al cabo, ha organizado este lio él solito.
La anciana llamó al Osconano becario y este se acercó arrastrando los pies. Era alto y delgado. Al igual que Virginia, tenía la piel roja y cuernos, pero estos eran más grandes y retorcidos. El pelo, aunque era naranja como el de ella, en Joey parecía más vivo. Era de fuego.
—Joey, presta atención —empezó Virginia con decisión—, estos son: Susanski, Coqui y Peri. A Spooky ya le conoces.
—¡Hey! ¡Qué pasa, peques! —No se le veían los ojos porque llevaba el pelo muy largo y le cubría la cara.
—¡Vamos a ayudarte con la madrastra! —dijeron los niños y el monstruo de armario al unísono.
—Oh, moooolllllaaaaaaaaaaa. ¿Cómo lo vais a hacer?
—Tenemos que traer a Margarita —dijo Susanski de pronto y miró a Spooky—. Es una hechicera amiga nuestra.
Spooky no tardó ni dos segundos en salir en busca de su amiga y, antes de que pudiera decir la palabra Osconano tres veces, estaban de vuelta.
—Hola, niños. —Margarita Castellanos llevaba un vestido naranja y un sombrero lila. Nadie podría decir a simple vista que era una bruja. —Spooky me ha contado lo que ha pasado.
—Sí. Tenemos que detenerla —indicó Peri.
—¿Cómo vamos a hacerlo? —preguntó Coqui.
Los dos Osconanos estaban a la espera de instrucciones y cerraron la biblioteca antes de tiempo. También avisaron a todos los personajes de los libros que acudieran a la reunión en el primer piso, en la sección infantil.
—Nunca imaginé que se fuera a juntar tanta gente —susurró Peri a Susanski.
—Es que hay muchos libros aquí. Más de mil —dijo ella.
Margarita les explicó que todos los personajes tenían un vínculo con sus libros y que a través de ellos podrían dar con la madrastra. Blancanieves se acercó a ella y dijo:
—Esta es la primera edición.
Cuando abrió el libro, los niños comprobaron que todas las palabras salieron de sus páginas formando imágenes de la historia y los otros personajes fueron poco a poco dejándose ver.
Margarita sacó de su bolso la “Guía rápida de conjuros para hechiceras con prisa”. Buscó en el índice y, tras encontrar lo que quería, buscó la página donde estaba el ritual.
—Blancanieves, ¿tienes algo que haya pertenecido a tu madrastra?
—Sí, tengo esta manzana.
Margarita cogió la fruta y recitó en voz alta:
—¡Por todos los cestos y canastas, que venga ante mí, la madrastra!
Hubo una explosión, mucho humo y alboroto y, cuando se aclaró, la madrastra apareció delante de Margarita.
—Parece que se me acabó la diversión, ¿no? —dijo la madrastra, resignada.
—Por supuesto. De ahora en adelante no podrás salir de la biblioteca.
Los personajes de ficción se pusieron muy contentos y los Osconanos, más. Joey se acercó a los niños y les dio las gracias por su ayuda.
—Jopetas, sin vosotros hubiera sido un lío de los gordos. ¡Aún estoy de prácticas!
—No ha sido nada, nos ha encantado ayudar —dijo Susanski.
—Spooky, lleva a estos niños a su casa antes de que se les haga tarde. —Margarita les dio un beso muy fuerte y apremió a Spooky.
—¡Esperad! —Joey corrió hacia el armario—. Antes de que os vayáis quiero daros algo. Es un carnet de esta biblioteca. Ahora podréis venir cuando queráis y llevaros algunos personajes a casa.
Los niños prometieron volver a usar el carnet muy pronto pero ya se les había hecho tarde y tenían que volver a casa a merendar.